Estoy en el Bar Morazán, junto a la ventana que mira hacia el oeste. Considero que esta mesa es el verdadero Aleph. El pasado, el presente y el futuro se entremezclan aquí. Falta una hora para que el crepúsculo nos dé una lección de impasibilidad, de calma. “Todo está bien”, nos dirá, y nosotros nos convenceremos de que es así. Es el momento del olvido, de la respiración acompasada.
Por suerte, fiel a mis principios, confío en el misterio, como nos enseña Boccanera. Muy pronto comienzan los chillidos de miles de pajaritos que, en los árboles cercanos, aguardan la ceremonia del descanso. Uno se acostumbra a ese bullicio infernal. A todo se acostumbra uno.
Estoy en el corazón de la Ciudad Oculta. En torno a esta ventana mágica se levanta, en los últimos años, un emporio de placer, de juego, de sexo. Es un milagro que hayan respetado al Aleph. Quizás –es lo más probable– nada sepan de él. Intereses económicos vinculados con el juego (al final, nunca se sabe si está prohibido o no) se vinculan estrechamente con políticos de gran envergadura que ahora pretenden invadir las islas de nuestro Pacífico con pequeñas Las Vegas.
Impera en este ámbito la inmortal lección de Enrique Santos Discépolo, en su tango Cambalache:
Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
Maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublé.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue,
vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador.
En ese clima discepoliano se vive permanentemente en San José. Lo he visto madurar y crecer en los últimos veintiocho años. El barrio Morazán es un paradigma de esa transformación demoníaca. Imperaba el bar Key Largo, con una clientela de gente de la noche, turistas (gringos en especial) y toda clase de agentes secretos. Para saborear ese aventurero clima, en algunos tiempos pasaban allí películas de Humphrey Bogart.
En la misma cuadra, unos metros al sur, estaba el salón de Lety, una prestigiosa y elegante dama chilena que con su piano y su voz maravillaba con su completo repertorio latinoamericano. A la vuelta, y en un recorrido de bares (como el New York) y frente a Mister Pizza, estaba el enorme Anexo del Hotel Costa Rica, hoy Hotel del Rey.
Si un agudo observador que no hubiera visitado Oculta desde comienzos de los primeros años ochenta cayera hoy de improviso entre nosotros, se volvería loco. En toda esa área se han multiplicado los componentes del placer (bueno, lo que los tontos llaman placer: juegos secretos y prohibidos, sexo para todas las preferencias). Abundan los túneles, los pasadizos secretos y los proyectos de pasadizos aéreos. Impera un clima denso de complicidades y una cierta hostilidad.
Volver al Bar Morazán, después de dar una vuelta por ese nuevo escenario, que parece presagiar el destino del país si se completa el proceso de neoliberalización en marcha, es como llegar al Paraíso. El bar puede estar repleto, puede haber un ruido infernal, pero es un clima humano, el de la vieja Ciudad Oculta.
Recuerdo que, al menos durante los primeros diez años de mi llegada a la Ciudad, un viejo salonero del bar Morazán, ya pensionado, y que había galopado por el amplio salón al menos medio siglo, llegaba todos los días. Su reducto favorito era la primera mesa, si se entraba por la Avenida de las Damas; allí, en un metro cuadrado que le correspondía por amistad y tradición, pasaba horas, feliz. Él no sabía que casi estaba tocando el Aleph, pero creo que se lo imaginaba.
Aquel bar, a mediados del siglo, era el clima ideal para largas conversaciones literarias o políticas. ¿Por qué no pensar que el Che Guevara, en 1954, fatigó las sillas del Morazán en varios encuentros con personas que compartían su preocupación por Latinoamérica? El historiador J.C. Cambranes, en su obra “La presencia viva del Che Guevara en Guatemala”, refiere que, entre otros ticos que el Che conoció, estaba Carlos Luis Fallas. Tuvieron largas conversaciones, y Calufa quedó para siempre en sus recuerdos. Como había sucedido con Jorge Icaza, el autor de Huasipungo, en Ecuador. Guevara se trenzó con Fallas en largos análisis sobre la situación social y agraria de la Patria Grande. Naturalmente, Calufa le regaló su Mamita Yunai. Era costumbre del Che reseñar los libros que leía, y Cambranes en su obra cita ese comentario, pues el pequeño texto del Che ha sido publicado.
Hablando de política. Fue en Oculta, en 1979, que conocí a dos inolvidables personajes de las luchas latinoamericanas, los colombianos Jaime Bateman y Toledo Plata, del M19. Nuestras conversaciones se extendieron a una buena amistad. Vivían uno de los momentos decisivos de su vida militante; después de años de clandestinidad, habían decidido pasar a la vida pública: más que un riesgo, era un peligro cierto. Al poco tiempo, cumplieron con su plan. El mismo día que Toledo Plata se hizo cargo de su puesto como director del Servicio Cardiológico del Hospital de Bucaramanga, fue asesinado en el zaguán, al volver a su casa. Jaime, por su parte, murió al explotar un pequeño avión en el que viajaba, en un episodio similar al asesinato de Omar Torrijos.
Continuemos nuestro recorrido. Un buen comienzo para comprender la esencia etérea de la ciudad, es seguir la pista al cúmulo de rituales extraños. Antes de introducirnos en ese tema, recordemos que Oculta no se reduce a su centro geográfico o histórico, a ciertos barrios o sectores. Si bien “el clima” se hace más denso, por ejemplo, en el Parque Morazán o en el Parque España (donde he propuesto a la Municipalidad que se instale el rincón de los Oradores), lo “oculto” o “secreto” se distribuye por todo San José.
En los ochenta (mis primeros años en San José) era habitual, para los más interesados en los ritos de Oculta, conocer el Movimiento Gnóstico, la Sociedad Teosófica, la Gran Fraternidad Universal. E imaginar como sería la vida en la Gran Logia Masónica de la avenida central, o cómo eran los ritos de los Mormones. Un buen método para reconstruir el proceso de “búsqueda” de misterios en nuestros días es observar los centros neurálgicos de las organizaciones que he denominado “ladrones de conciencias”. Estoy hablando de Nueva Acrópolis, la Iglesia de la Cienciología, los Hare Khrisna, Tradición, Familia y Propiedad, la secta Moon y la Meditación Trascendental.
Quizá no sea el momento, o el espacio, para discutir estos temas. O quizás no interesen a todos los sectores, pero debemos recordar que los “ladrones de conciencia” se suman a las innumerables organizaciones de parapsicólogos, mentalistas, adivinos, sanadores de todo tipo, que ocupan en algunos momentos 15 o 20 espacios radiofónicos simultáneamente. No me refiero, por cierto, en estos últimos casos a las clásicas consultas de barrio como era el caso del Profesor Tauro, en Barrio Aranjuez, en los primeros años ochenta, sino a verdaderas organizaciones que “atienden problemas” a cambio de … miles de colones.
Si uno pregunta a un sociólogo o psicólogo por algunos de estos sectores, es muy probable que reciba una respuesta escueta. A ellos no les preocupan demasiado estos grupos. Sin embargo, son parte importante del San José Oculto.
Pero no nos pongamos demasiado solemnes. Aunque no nos vendría mal ser, al menos, más exigentes en el terreno del pensamiento. Las últimas décadas han sido escenario de cambios tan radicales sabiamente abarajados por las transnacionales y el imperialismo, en la movida neoliberal que nos conmociona a todos, en los planos jurídico, político y económico, que el nivel del pensamiento, de la inteligencia, de la ideología se lesionó gravemente. Entendamos bien: nuestro pensamiento, nuestra inteligencia, nuestra ideología.
Era lógico lo que tenía que pasar: del gobierno de las transnacionales al apoderamiento de las conciencias y el achatamiento mental. El mundo al mejor postor y todos buscando cómo desconectarnos o morir. En ese escenario que estamos describiendo, que es universal, se destaca un hecho que no es cabalmente interpretado por los josefinos, y por los costarricenses en general: posiblemente no haya en el mundo, en estos momentos, una ciudad que libre una lucha tan intensa, tan apasionada contra el sistema neoliberal y la acción de las transnacionales y su principal país, Estados Unidos, como San José.
Aunque la entente oligárquica y pro–imperialista pretenda con torpes y desesperados movimientos negarlo, una abrumadora mayoría del pueblo tico se ha unido para impedir la firma del Tratado de Libre Comercio. Y –caso que creemos único en la historia–, encabezada por los rectores de las cuatro universidades nacionales, la defensora de los Habitantes y los Premios Magón de Cultura, la población, articulada en miles de asociaciones de todo tipo, enfrenta a los desesperados intentos por la aprobación del Tratado.
La vida, mientras tanto, continúa. Como continuó en Londres, durante la segunda guerra mundial, cuando el nazismo enviaba sus inesperados bombardeos nocturnos. Los ocho cuentos que aquí presentamos, “una nueva vuelta de tuerca” de la anterior entrega (que fue un hit editorial), representan la continuidad de la tarea cultural: traen humor, nostalgia, algunas descargas de erotismo, mitos de la Ciudad Oculta y la presentación de alguno de sus personajes más populares.
En coincidencia con las críticas al trazo urbano y a la línea arquitectónica de “Chepe”, se suman muchas veces alegatos un tanto temperamentales sobre la inoperancia intelectual y cultural de la ciudad. Esa siempre me ha parecido una actitud endeble: la de quienes insisten en que la riqueza cultural del país no se relaciona tanto con su actual capital, que sería, para ellos, “esquiva” o “poco interesante”. Tiene que visitar la ciudad algún funcionario, o turista interesado en los aspectos culturales, proveniente de Bruselas, Nueva York, Montevideo o Montreal para decirnos (con admiración): “Que notable agenda cultural tiene San José”. Y no es mentira. En una sola noche, a mitad de semana, se puede asistir a conciertos de jazz, conciertos sinfónicos, charlas y conferencias, lanzamiento de un libro, lunadas poéticas, dos o tres vernisages, sin tomar en cuenta la puesta en escena de los 12 o 15 teatros con que cuenta Oculta…
¿Por qué algunos se refieren a San José con tanta hostilidad? En 28 años que llevo en la Ciudad Oculta he visto cambios asombrosos en el acomodo urbano, en las vías periféricas, en el cuidado del casco antiguo y la zona central. Pero creo que me estoy poniendo “terco” en estas cuestiones urbanísticas: lo que a mí en verdad me enloquece en esta ciudad es que, cuando uno se mete física e ideológicamente en los intersticios de Oculta puede armar, con cierta facilidad, una suerte de “canto coral” que incluye ritos, conversaciones, discusiones religiosas y sectarias. Una suerte del “Ulises” de Joyce.
Cuando apareció el primer volumen de los Cuentos de San José Oculto, discutí con un amigo el tema de los túneles de la ciudad; mi interlocutor me reveló que, por tradición familiar, conocía la existencia de una verdadera autopista subterránea, entre Guadalupe y Barrio Otoya. Esta admirable creencia refuerza notablemente –creo– mi admiración por la Ciudad Oculta: Si non é vero, é bene trovatto. Para desengañar a los adversarios de la Ciudad Oculta debo decir que, cada vez que mi amigo Michel Snarskis o algún otro de los investigadores del Museo Nacional descubren un decisivo yacimiento arqueológico en territorio nuestro, el poeta Billy Sáenz (o alguno de los estudiosos de Oculta) descubre algún mito, rincón o barrio secreto en San José, con características increíbles.
Las vueltas de la vida, nos privan inesperadamente de algunos de quienes mejor han interpretado a Oculta. En este caso, nos ha dejado Juan Bernal Ponce, el destacado artista, y amigo entrañable de Ediciones Andrómeda, quien creó una trascendente serie de grabados sobre la Ciudad, obra gráfica que fue editada por el Taller de la Imaginación y se incluyó en el primer tomo de esta serie.
Demos la bienvenida, en este volumen, a otro de nuestros amigos, el artista Marco Chía, quien ha creado “su” visión de la Ciudad Oculta, que los lectores pueden apreciar en esta entrega. Su iconografía está cimentada en una profunda investigación del alma popular, respaldada por recursos y ensambles de hondo contenido humano. Entre otros menesteres, Marco es un actualizado videasta, siempre preocupado por la lucha que mantiene nuestro pueblo, en estos tiempos de oscurantismo globalizante.
Al preparar este volumen, solicitamos al escritor Edmundo Retana algún relato sobre un tema relacionado con los barrios del sur de Oculta. Fue una sutil invitación para que incursionara, en prosa, en un mundo que maneja en profundidad. Sin embargo, su respuesta fue que no tenía, en ese momento, un material de ese tipo. Al cierre de la edición pensé en una salida salomónica. Insertar en este Prólogo, casi como si fuera un noveno cuento, un poema en prosa del último libro de Edmundo, “Pasajero de la lluvia”, que para mí tiene decisiva importancia en cualquier reflexión sobre el presente y el futuro de nuestra sociedad:
El golpeteo de las mesas, las risas, nos decían que algo no andaba bien en el fondo del salón donde llegamos ya tarde con la idea de bailar un poco. El escarceo de sus risas nos puso en guardia, era de nosotros que reían, de nuestros torpes gestos de adolescentes olorosos a alcohol, sudorosos y tristes. De manera que ni siquiera intentamos sacarlas a bailar, más bien las mirábamos de lejos, sintiendo que quizás ellas también, como nosotros, andarían ebrias de soledad en las noches perdidas de los barrios del sur.
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Cuentos de San José oculto, otra vuelta de tuerca |