Esta novela estaba de moda en Madrid al empezar los años ochenta. No sé en donde estaba Tomás Saraví en esos tiempos, pero Daniel Moyano u Oswaldo Soriano la recomendaban. En Caracas, o en La Habana, en 1981 se hablaba de ella y su autor, del cual tampoco sabíamos mucho. Para mis lecturas era una novela de extraña factura, de enorme compromiso humano y de un análisis social pocas veces potenciado de una manera tan clara, literariamente. Nunca la he entendido como una novela de serie negra, o policíaca, sino una novela política, con el fondo de la dictadura argentina y sus crímenes a lo interno, así como un decorado europeo, en países en donde estaban desperdigados numerosos exiliados del cono Sur, con historias de terror y crímenes a cuestas, y con la presencia de los espías de los militares en las capitales del mundo. Eso es tiempo recobrado por el indudable talento de Tomás Saraví., al que todos atribuían otra novela, sobre diferente suceso pero sobre trama parecida, con ubicaciones geográficas fascinantes y reales hasta en los hoteles por donde se arrastra el Lobo y Santiago, convertido en falso ciego, deambula con su bastón casi mágico. Excelente idea de reeditarla. En diversos puntos de América latina se le tiene como referente de una apertura en el arte de novelar, con estilo conciso, con diálogos precisos y la propuesta, escondida de, de convertirla en un filme. Pero nadie encontraba a Saraví, a no ser que estuviera en París, Estocolmo y Hamburgo.
Y la novela seguía corriendo de mano en mano, o de ojo en ojo, porque era pionera de muchas otras novelas que se estaban gestando, ninguna de las cuales tenía, o tuvo, la prosa concreta que definía la intriga política, la diversidad de actores y la sombra de la escuela de Mecánica, como símbolo de una época atroz y un comportamiento humano espantoso.
Tomás Eloy Martínez me dijo un día que Saraví existía, no era un pseudónimo, o algo así, sino una persona plenamente comprometida con la historia de su país y con una imaginación concreta, una cultura desmedida, que de seguro, de ser esta su primera novela, había muchas otras en el gavetero, con Santiago como protagonista de otros asuntos del tiempo de los lobos. Ahora tenemos la segunda edición, superando las de las fotocopias que circularon entre sus admiradores y sus lectores. Y Saraví está con nosotros, entre nosotros, con esa su lúcida inteligencia abierta hacia el futuro.
El índice interno de lecturas, especie de hilo conductor, nos da también una idea del mundo del escritor y la forma de la novela. Los sitios geográficos están descritos con soltura y espíritu de observación. La trama, que es sola la deliciosa venganza, el sistema de accionar que define la obra. A treinta años de existir, Tiempo de Lobos está vigente como si hubiera sido escrita y terminada esta mañana. Gracias Saraví por haber pulido esta gema de narrativa, que bajo el sello de Andrómeda empieza a circular de nuevo, por sus propios pasos.