Nebulosa.com es el último libro de Guillermo Fernández que aborda el tema de la incomunicación en un mundo hartamente comunicado. La paradoja surge como desesperación vívida de los personajes que tratan de justificarse con sus múltiples argumentos. Matilde, la narradora en primera persona, es el hilo conductor, a veces pálida conciencia que lleva en el haz de su depresión todo lo que mira e interpreta. Fernández es también autor de Babelia (novela, 2006), y varios libros de cuentos y poemas.
A continuación presentamos el primer capítulo completo del libro.
1.
Abandoné temporalmente el estudio y me recluí en la habitación. Sentía de pronto que las miradas en la universidad me eran hostiles. Me asfixiaba al buscar un libro en una biblioteca. Podía quedarme en un aula, sola, sin poder levantarme de mi propia silla. Podía caminar durante la noche por los corredores del campus sintiéndome un ratón de laboratorio. Me enfermaba cualquier hombre o mujer que me mostrara el más leve entusiasmo por el futuro. ¿Qué era el futuro? ¿A quién engañaban? El planeta tenía los años contados. Lo único que existía era el presente como un océano donde no había base firme para mí. En cualquier sitio me hundía. Ante cualquiera me era imposible tener una personalidad sólida. Era mi rostro solo una careta que se llevaba el viento.
Mis padres, atribulados por mi conducta, me hicieron ingresar al consultorio del doctor Eladio, su propia siquiatra, y debí iniciar un programa terapéutico. Eladio, al escuchar mis primeras revelaciones, no opinó que mi salida de la universidad hubiera sido lo peor del mundo. Todo lo contrario, les dijo a mis padres que tanto mi exnovio Gabriel como el divorcio de ambos me habían logrado provocar una crisis existencial. Al mes de tratarme, el hombre me recomendó que trabajara en Calzado Futurista, el negocio de mi madre desde hacía años, suponiendo que el roce con la gente, la responsabilidad y el esfuerzo ayudarían en mi recuperación. Acepté con disgusto: me estaba acostumbrando a los espacios vacíos de la casa, a esos horrores ajenos que encontraba, gozosa, en los libros, incluso me empezaron a gustar los cantos gregorianos –cantos que aquietaban mi organismo enhebrado de pequeñísimas e irritadas víboras.
Al comienzo, me pareció tan ridículo mi trabajo que a veces me sentía capaz de irme en un viaje sin retorno, apurada por la tristeza de haberme convertido en una simple proletaria. Pero tuve que resignarme a mi labor. Enfrentarme a pies hinchados, deformes, antiestéticos. A la compañía de la empleada santurrona que tenía el negocio. A los nervios de gato crispado de las horas pico.
Pasaron los meses. Y al mundo le fui dando indulgencias, como no fuera yo una mártir no comprendida por la burocracia del Vaticano. Un día descubrí, durante la hora de almuerzo, que me gustaba caminar con sombrilla por las calles de San José. Entraba a las librerías en busca de cacareados best-sellers –algunos llenos de gas narrativo y maní garapiñado publicitario–, pero ansiosa como todo el mundo por ese amago de olvido momentáneo que nos impone la novedad (¡cualquier novedad!), o me introducía en los museos, menos interesada en las joyas históricas del país, que en esa subespecie chistosa del género humano llamada turista.
Durante uno de mis paseos encontré un café internet insinuado tras una puerta oscura de cristal, entre una financiera y una galería de souvenirs ticos, con el nombre de Cibercueva, e ingresé con una intención confusa. Por azar accedí al Foro de los Amigos de H.P. Lovecraft, uno de mis autores predilectos, y por las polémicas que allí se generaban lo fui viendo como un refugio.
Topé muy pronto con amigos virtuales. Una argentina llamada Laura me remitió estampas de Buenos Aires y una foto de ella ante el escenario de un Atlántico nubloso. Era una chaparrita de ojos tristes como esos pájaros que se sueñan extintos. (Para ese entonces ya había alquilado una casilla postal en el correo, donde los amigos del foro me hacían llegar sus libros y postales). Laura me escribió acerca de la crisis económica de su país, sus tragedias amorosas y su soledad sin fondo. A mí también me resultó útil descargar en la impersonalidad de un teclado las quejas más descollantes de mi corto currículo.
Un día me dijo, ante mi insistencia de quejarme contra mi exnovio Gabriel, que si no había pensado en probar suerte con las mujeres, a pesar de que el amor, en cualquier bando que se esté, es un camino minado, una ruta con salteadores, una compleja máquina para infligir tortura. A todo esto le expliqué que mi destino estaba sellado por mi deseo fatal hacia los hombres, y que solo esperaba el remezón romántico por el que todo el mundo, ricos y pobres, lindos y no tan bellos, prácticos y fantasiosos, suspiran como animales amaestrados en las penumbras de los cines. Laura me dijo que estando las cosas claras entre las dos, y no mediando ni la posibilidad del romance, ni del cortejo virtual –lo cual no dejaba de ser un alivio–, podía fácilmente confesarme que durante su paso por la universidad había sido una cortadora. “¿Una qué?”. “Una enferma que se hacía cortes con una Gillette”. Debido a una mala programación de la vida, era hoy la reportera de una revista cursi de su país. Pero, según ella, era una mujer despierta que podía contarle al mundo otras historias. A los días, envió el siguiente correo al Foro de los Amigos de H.P. Lovecraft, que ocasionó una lluvia de comentarios. (Transcribo solo los que más me gustan. He quitado también algunos regionalismos incomprensibles).
@
Vi la noticia por CNN. El camión había derrapado por una pendiente y los pobladores que vieron a las vaquillas estrellarse en el campo no lo pensaron para lanzarse sobre ellas y descuartizarlas.
La cámara también enfocó de cerca a un pibe muy pequeño que, en la confusión, se apodera de la cabeza de una vaca, mientras huye con el éxtasis propio de un cavernícola.
Allá lo miro, corcovea un poco, sus manitas aferran los cuernos, el vivo esfuerzo en su rostro no quita que se ría un poco, ¿desde cuándo no hay alimento razonable en su casa? ¡Hay que celebrarlo!
La noticia se esfumó. Pero esa imagen del pibe se asentó en el interior de mi mente.
Al tiempo, lo confundí con otros niños que surgieron de la multitud y lo cargué en las noches cuando llegaba a mi departamento en Buenos Aires, luego de un día de trabajo en la revista donde te llueven a montones mensajes de restricción, de más anunciantes que capitulan, de nuevos despidos. Lo evoqué antes de dormir, cuando una espera que el sueño se convierta en un salteador eficaz, y lo presentía al amanecer, cuando el ruido de la ciudad se levantaba como el gruñido lastimero de un animal prehistórico al que se comen, minuto a minuto, las hormigas.
Uno de estos días, me detuve a analizar mi sensación constante de miedo. (Sin analizar la vida siempre me veo envuelta en penumbras malsanas donde soy capaz de percibir respiraciones sordas, rasguños obsesivos, toses famélicas). Me detuve y me dije: “Laura, vos sabés que el pibe tenía una historia pasada y te la estás ocultando, no querés asomarte a la ventana para ver cómo era ese pibe antes de la crisis, cómo jugaba al fútbol y aspiraba a convertirse en otro Maradona”. Y entonces me asomé por la ventana y en efecto vi la vida anterior del niño, la vida que tenía el pibe antes de robarse la cabeza de la vaca, y me pareció que era incapaz de producir terror.
Me dije que era una pobre estúpida si poseía suspicacias con el dolor de la gente, con el dolor de mi propia gente, y que yo también debería celebrar que el niño ya no tuviera la naturaleza de ser un simple niño, sino la de un depredador, un cachorro de hiena o de perro salvaje. Vi al niño en su casa, y recorrí, palmo a palmo, lo que tuvo que suceder en su barrio miserable, un barrio bombardeado por la mayor de las crisis, y me respondí a mí misma que la conversión del niño en fiera solo era espantosa en la superficie, pero un gran acto de fe en el interior. Aun así, me sigue acechando… LAURA.
@
Soy el jefe de gondoleros en un wal mart de Texas. Desde muy chico me gusta la lectura y no por ser pobre vivo en la ignorancia. Como muchos ascendí del río Bravo, medio reviso los periódicos y pienso antes que me llenen la mente de mierda. Siempre enfrento mi día. Veo lo que ocurre a mi alrededor, participando poco o excusándome de ser una partícula de polvo inútil. Prefiero el vacío del desierto que la ciudad. La ciudad me transfigura en un ser bilioso que sueña tristezas, rostros de viejos agoreros y miradas de mujeres que solo dan ganas de llorar en un cuarto solo.
Sí. Soy solitario. Y también veo la tele. Y también recuerdo haber visto al chamaco por CNN. Pero no acostumbro a cargar con las imágenes de la televisión, o me convertiría en ese tipo de loco que le dispara a la gente en un fast food.
Prefiero vivir solo con las historias que yo escucho de mí mismo, a la hora de almuerzo, o mientras me dirijo a casa, o cuando superviso a los gondoleros hacer su trabajo de hormigas en un vivero lleno de ruidos torturantes. Son historias donde la muerte puede ser un payaso irónico que nos toca la puerta con el timo de celebrar nuestra fiesta de cumpleaños, o un payaso sin empleo a quien recogemos por lástima de una calle y lo invitamos a una comida.
Pienso extrañamente en una recepcionista hermosa –de esas que solo parecen atadas al mundo por un hilo de sueño–, que un día contesta una llamada –alguien que pregunta por una factura–, y que luego de responder, mira sus manos y las ve agrietadas y busca un espejo y se descubre vieja, una recepcionista de ochenta años, en medio de un predio desierto, donde el viento levanta matorrales espinosos.
Vivo escuchando ese ruido infernal que solo percibe el artista y el demente, y que es un ruido como de moscas regias que se abalanzan sobre calles donde la gente no puede sentir una amenaza porque ella misma es la amenaza pura. Nadie me conoce. Si mis compañeros supieran lo que soy, lo que soporto cada día, lo que finjo para sobrevivir, no me hablarían de sus amores estúpidos o deportes aclamados o aumentos de sueldo. Creo que solo me tendrían una lástima infinita.
Sin embargo, mi mente es tan organizada como una colmena. Mi ojo es implacable y mis manos, laboriosas. A la llamada del sexo, que odio por su biliosidad, me zambullo en un prostíbulo. Después de unos minutos con el sabor a montaña oscura que es la mujer, con la montaña ácida y sin pájaros que es la hembra prostibularia, vuelvo a mi agujero a darle con mi imaginación un ornato a eso que hice y que aún me produce espanto. Cuando duermo, agradezco esa pequeña muerte feliz. PABLO.
@
La referencia al niño y a la cabeza de vaca me hizo sentir que cada pueblo tiene a ratos sus símbolos nacionales no tan grandiosos. El de Laura era una cabeza de vaca. ¿Y el de mi pueblo colombiano?
Yo soy diseñadora en una agencia de publicidad. Trabajo con mi novio Jaime. Los dos somos artistas. Pero el talento debe repartirse en obligaciones y placeres. ¿Hay otra forma de que sobreviva el amor? No a pan y agua.
Me dediqué entonces a dibujar un símbolo que se aviniera a la realidad de Colombia. Jaime me alentó como si excaváramos en el inconsciente colectivo. Me salieron de las manos decenas de figuras cuyo origen me espantaría indagar. Me ha gustado un dibujo que para muchos puede ser macabro. Se trata de una uña que traspasa de un extremo a otro un fresco pecho de mujer y que podría ser confundida con una garra. (Todos sabemos que las fieras tienen garras para alimentarse y defenderse, pero la uña que creció como garra es herramienta de un hombre que se comporta como animal, o de un cruce entre la bestia y el ser humano).
La uña emerge de la carne, afilada y sucia. Un hilillo de sangre gotea de la herida. A Jaime le encantó este emblema monstruoso y lo recrea con un placer incesante. Dice que por fin explica su sentimiento. “¿No es eso lo que siente uno en la realidad?, me dijo, una uña entremetida en el mundo, pujando por salir con fuerza”.
Hace unos días, les confieso sin discreción (nunca he sido discreta), Jaime y yo hicimos el amor durante horas. Tratábamos de percibir una satisfacción que, en ese momento, parecía solo un recuerdo de alguna alegría que pasó por nosotros y que solo nos dejó brasas tibias. Nos esforzamos con mucho deseo. O al menos fingíamos el deseo.
En el momento de obligado reposo, Jaime tomó una de mis uñas y se rasgó una de sus tetillas. Solo dijo ay, me duele. Me obligó, no sin cariños y arrumacos, a que yo le chupara un delgado hilillo de sangre que le bajó casi en forma imperceptible del rasguño. Cuando la situación se repitió ayer le dije que ya era hora de olvidarnos de la uña. Solo me respondió con el brillo neutro de sus ojos. LUISA.
@
Más que el medio literario donde me pudro sin solución, oyendo quejas inútiles y presunciones ridículas, me duele hoy levantarme de esta computadora y atravesar la sala para llegar a la cocina y servirme un vaso de agua fresca. Hoy me corroen esas acciones indeterminadas, esos anhelos que continúan reverdeciendo en mi carne con espinas firmes.
El que Jack el Destripador camine por alguna de esas calles de San José, no me desconsuela. Para que el mundo sea la pesadilla que todos necesitamos vivir por alguna razón misteriosa es necesario el apetito de Jack. ¡Viva Jack! Ojalá lo pudiera dirigir a control remoto. Una escritora tan frágil como yo necesita más protección que su propia indiferencia.
Me preocupa, más que los problemas nacionales (cabezas de vaca incluidas), el lenguaje lastimero de mis perritos. Los he oído gemir en el patio, no por hambre o afán de sexo, sino por las siluetas espectrales que me rodean mientras leo en la sala, o ceno sola, o miro el noticiario de la medianoche. ¿Reconocen a los verdaderos seres que me vampirizan?
Leandro, mi esposo, es la lógica impecable. Jamás podría acompañarme en mi desolación. Considera que puede respirar en paz gracias al guarda de nuestro condominio –ese de falsa voz aduladora–. ¡Cuánto le encantaría vernos asesinados! La gente donde vivo yo suele ganar muy bien y hablar con decencia. Algunos escriben tesis, artículos, o viajan a diferentes partes del mundo, de donde regresan con opiniones curiosas que una escucha con interés. Sin embargo, no logro asir a nadie. ¿Cómo explicarlo? No hay nadie que pueda decirme si está hecho de carne o de árbol o de excremento. Son solo ristras de palabras que se pueden disponer de otra forma. Y eso es el infierno. SELENE
Al tiempo me escribí con un ruso, cuyo seudónimo era Vladimir X. Frecuentaba el “Foro de los Amigos de H.P. Lovecraft” desde un café de París y se desenvolvía con un español fluido. Me dijo que lo había aprendido por razones militares en una empresa estatal que les vendía armas a varios países de América Latina. Había desertado del ejército junto con su camarada Igor Z.
Lovecraft, a quien admirábamos los dos, fue una excusa para hablar de otras cosas. Solía visitar numerosas exhibiciones. Se había dedicado a la crítica de arte en una revista universitaria de Moscú de corte anarquista. Me envió una foto donde posaba, frente al Museo del Louvre, mostrando una sonrisita entusiasta que no me creí. Me impresionó sobremanera su parecido con Lovecraft. Era delgadísimo, alto como un poste, huesudo, de larga quijada. Tenía algo de joven intelectual en desgracia, de esos que una ve frente a una cerveza, en los bares próximos a la universidad, intentando soñar un nuevo manifiesto comunista. Pretendía conmoverme con sus hazañas en París. Pero por esa época yo no era muy considerada con nadie. Me resultaba difícil implicarme. Había dejado todas mis amistades en la canasta de los periódicos viejos. Lo que me proponían era aburridísimo. No era partidaria del gratuito despiche en el que aún seguían mis excompañeros de colegio. Y aunque me parecía adecuado que me tildaran de mojigata, siempre temí caer en una perversión trivial solo para hacer algo diferente.
Las polémicas del Foro no absorbieron toda mi existencia No soy tan estúpida. Deseaba conocer muchachos y volver al juego. Mi psiquiatra, por otra parte, no estaba tan seguro: de encontrar hombres los enfrentaría muy similares a Gabriel, cuyas injusticias apetecía mi inconsciente. Como su sentencia me pareció extrema, seguí mi propio instinto –un instinto que se oponía a mi total acuerdo con El Eclesiastés–, y que me empujaba a entrar en la obligada pasarela en la que yo, como hembra de mi sociedad, debía estar lista, bien perfumada, inspiradora, accesible, más o menos discreta, lasciva con elegancia y siempre apetecible.
Una tarde, mientras estaba sola en la tienda, entró un hombre a buscar unas supuestas botas que se exhibían en la ventana. Se trataba de un tipo robusto, de unos treinta y cinco años, de metro noventa de estatura, ojos café, cabello castaño y liso, un rostro impecablemente afeitado y de una belleza incluso femenina, que resaltaba furiosamente su resto de virilidad. Aminoraba su buena presentación un aire atormentado, o tal vez este aire se lo agregué yo con mis prejuicios vastos sobre la gente. Me saludó mostrándome una hilera de dientes casi perfectos. Su sonrisa, sin embargo, no era afectuosa, ¿cómo decirlo?, era una sonrisa que me hizo recordar un androide de una película que aspiraba a sentir emociones como todo el mundo. Me dijo, entre cortés y áspero, que venía por las botas que estaban en la vitrina de la tienda.
—¿Las botas? –le pregunté.
—Sí –me respondió, mientras se aplastaba con cauta ferocidad un mechón de su cabello.
Lo seguí hasta la puerta de la zapatería estudiando cada detalle de sus expresiones.
—Las botas verde esmeralda –dijo señalándolas.
Le preparé su pedido mientras el hombre se dedicaba a mirar por las paredes. Me subí a la vitrina, alcancé las botas con una delicadeza que me asombró a mí misma, les pasé una toalla para verlas brillar y esperé quizás un poco de atención sobre mí. De cierto que no soy una muchacha nada fea.
—Aquí están las botas –le dije–. Son una versión unisex. Aunque para serle sincera yo jamás me las pondría. Tampoco creo que sean de su talla –añadí pensando que tendría los más hermosos dedos de todos los hombres. Los más perfilados y masculinos.
—Son algo así como botas militares –dijo inspeccionándolas en detalle–. ¡Muy delicadas botas militares!
—Sí. ¡Son bastante femeninas! –le dije–. El que las diseñó tenía en mente pies de mujer. ¿No es cierto? –pregunté solo para hacerle saber que yo era consciente de sus pies fuertes.
Las botas llegaban hasta la rodilla, y estaban hechas de un material impermeable, sus tacones eran un poco altos para ser útiles en un país lleno de ondulaciones como el nuestro, aceras rotas, calles lunares, perímetros accidentados. Desde cualquier ángulo, y para cualquier mente imaginativa, las botas eran bellas, aunque de una textura sintética, impráctica e inhumana.
—Me gustan, ya veremos –dijo el hombre para sí mismo.
—¿Las quiere para un regalo? –le pregunté.
—¿Por qué lo pregunta? –me dijo con una cautela innecesaria.
—Si es para ese fin, se las puedo envolver en una caja especial para regalos –le dije.
—No, no, no, me conformo con una simple bolsa –me dijo.
Me pagó enseguida las botas, utilizando para ello unos billetes nuevos.
—¿Solo hay de este color? –me preguntó.
—Dentro de quince días nos traerán unas azul cobalto –le dije viéndolo estrechar su paquete.
—¡Volveré! –dijo antes de dar media vuelta y alejarse.
El hombre salió de la zapatería y yo me fui directo al espejo que había en una pared. Allí me examiné sintiéndome desteñida. Era un hecho que no había logrado captar su atención, a pesar de que había saboreado la imagen de sus pies. ¡A pesar de no ser para nada una muchacha fea!
El resto del día pensé en ese hombre extraño. El modo en que sus manos limpias habían tomado el paquete. Ese abismo de puro análisis paranoico en sus ojos. Los dientes casi perfectos. Creí, por una extraña razón, que la existencia de esos factores era la certeza misma de una enfermedad encubierta.
Recuerdo haberle escrito a Vladimir X, al otro día, sobre el incidente, y el ruso aprovechó esa circunstancia para lamentarse un poco de sus relaciones amorosas. En las exposiciones de arte en París, por ejemplo, solía mentir acerca de su posición social, y, aunque lograba la atención de alguna estudiante universitaria de vez en cuando, nunca lograba asirla. Aparte de lamentarse un poco por su infortunio en el amor, me contó también que su amigo y él se habían unido a otros desertores rusos y que todos convivían ahora en la covacha de un barrio marginal de París. Allí habitaban hacinados con otros extranjeros. La dirección exacta jamás me la daría por precauciones evidentes: la internet es una zona abierta al espionaje y él había servido a un equipo de traductores de órganos militares latinoamericanos que solicitaban armas a empresas rusas. (La suspicacia era un síntoma de presunción o una hipérbole rayana en la paranoia). Lo degradaron por una frase ridícula que le dijo a un superior y lo enviaron como castigo a Petrochenia.
Hoy, para sobrevivir, hace cualquier brete. Todo es mejor por ahora que estar subordinado a los hijos de Stalin, los coroneles de viejo cuño del Ejército Ruso.
Cuando llega la noche, los desertores se reúnen a hablar sobre el sitio de Petrochenia con dos o tres botellas de vodka. La aparición de Putin en los periódicos es el tema preferido de las cagonas habituales. Vampiro viscoso, tiene el estilo glacial de un maldito vendedor de armas.
Pero no todo es borrachera.
También hay cambios de dirección en otro sentido en los desertores, qué sé yo, deseos de adaptarse a un mundo donde sus vidas no sean la carne de cañón de la historia.
@
El anhelo de iniciar una nueva vida no cura la tristeza de haber perdido la patria. En ella están los intensos aromas que siempre buscaremos, los rostros interiorizados, los paisajes que ya forman parte de nuestro equilibro orgánico. Pesada cadena es el presente.
El capitalismo me parece una enfermedad exitosa que debe ser sufrida por todos. A algunos ya se les olvidó que mataba. El mundo es de los genios financieros, de los astutos explotadores, de los peces gordos con gigantescos estómagos. Lo que resta por accidente es nuestro. Pero con maldecir no volaremos como proyectiles del inmundo extrarradio de París.
Leí en una revista, hace poco, que unos chicos se habían hecho millonarios inventando juegos electrónicos. ¿Por qué Igor Z y yo no podemos inventar una forma de vivir que agrade al capitalismo, y que pueda este reproducir en serie, en una máquina de proceso? ¿Qué tenemos de bobos que no podemos sino embriagarnos en nuestra covacha y hablar de crímenes? ¿No es el pasado como el pus, algo que debe ser limpiado para que brote la carne nueva?
No voy a perder mi esperanza artística ni por mi jerarquía en París, ni por la competencia de los inmigrantes, ni por el humor de cripta de Igor Z –siempre negativo como un cuervo–, ni por los agentes encubiertos del gobierno ruso que nos podrían andar buscando. No suelo colaborar en exceso con el infortunio y me gusta visitar todas las galerías de arte que inauguran exhibiciones durante la semana. (Tengo mis trucos para sortear la entrada sin invitaciones. Sortear aduanas es mi destino). Es una actividad maravillosa aunque yo esté en desacuerdo con el clima general de lo que se ofrece. Lo importante es el olor de esos sitios, la gente esnobista que conozco y las chicas, no muchas claro, que terminan dándome el número telefónico. (Podré ser feo pero mi palabra es un banquete).
De todo lo que he observado, te digo que no me asombra a morir ningún proyecto artístico, aunque siempre hay perlas que no pueden pasar inadvertidas. No voy a ser rata. Quizás solo detesto la pedantería de los grandes salones. En algún sitio lleno de sabihondos me intentaron explicar lo que un famoso había hecho con su preciado excremento. Ja, ja, ja. Ese día llegué a mi covacha con una sensación de vacuidad tan grande que, de haber tenido algún problema psicológico, habría vuelto a la exposición para asesinarlos a todos.
Me acostumbro a ese ambiente. Por beber algunos vinos y comer bocadillos refinados uno es capaz de cualquier cosa. También, te decía, están las chicas que rondan los sitios donde florece ese tipo de arte sin espíritu, como cagado por una imaginación que ha sido violada por la impostura publicitaria.
Después de algunas citas, siempre me verás perder el gusto de volver a verlas. (La verdad es que por fin se olvidan de ese encuentro fortuito que fui yo). Todo tan breve y placentero como una bocanada de humo. Sin embargo, fumar sigue siendo mejor, y nadie será amado por una charla interesante. ¿Qué le voy a hacer? Sentado a la mesa de un café, me gusta ver pasar a la gente. VLADIMIR X.
@
He recreado los caminos que usted me ha tratado de describir con sus palabras nítidas, sin artificio. Las incontables noches de lluvia en las estaciones sucias y privadas de calor y atenciones mínimas para sobrevivir. Yo hace tiempo me hubiera suicidado. No podría soportar recuerdos de guerras. El dolor de tanta gente debe ser un peso enorme. ¿Habría un espacio para dormir con ese murmullo de cadáveres a nuestro alrededor? ¿Cómo podría meterme una cucharada de comida en la boca si he matado a alguien?
Usted es un joven que se hace fuerte. Yo también busco fortaleza. Más allá de la puerta de mi casa, mi casa que es por dicha sólida, con sus paredes bien firmes, y sus resonancias mínimas, está un mundo que me aterraría vivir. Y ese mundo, que es como el aceite rechinado donde siempre se cuece la misma historia humana, es el único alimento para la gente todos los días.
Claro que mi prerrogativa ha sido rehusarme. No, señor. No quiero comer del mismo plato donde todo el mundo estira un deforme hocico de cerdo. Prefiero la indiferencia de mi gato a las explicaciones de la gente.
Pero a veces siento nostalgia de los demás. Quisiera ser una verdadera amiga con la palabra compasión escrita en los ojos. Y no es que sea de metal, Vladimir. Me duele el excesivo estruendo de camión en marcha que es todo amanecer. ¿Me entiende usted acaso? Soy tan sensitiva que me fabriqué una coraza. Tengo tanto miedo y necesidad que solo puedo vivir defendiéndome. MATILDE.