Los mercados ambulantes que circundan la urbe cada fin de semana desparraman la venta de ropas, muebles y trastos que van desde la placa de dientes con poco uso hasta el CD de última fidelidad que alharaca vocea su acrílica ranchera. Los mercados persas son la fiesta del comercio cuneta que atrae multitudes. Desde todos los sectores sociales se descuelgan múltiples compradores que se dan cita en la hilera de lonas plásticas que pintan de tornasol los barrios grises donde funciona este mambo callejero. Como si en la variedad de fantasías anticuarias, importadas, pirateadas o matuteras, se invirtiera el súper mall de crédito privado por la algarabía del remate público. Al aire libre, a todo tarro el reggaeton guarachea, el aire con su ritmo maraco. A toda lycra, las palmeras fucsias tornean el pecho mojado de un guapo chiloco voceando el pendrive a cinco lucas. A todo Caribe, las orquídeas niponas ciñen el músculo estampadas con sudor en la espalda obrera. Un trópico de fritangas y electrodomésticos que chillan como zoológico de cantantes jubilaos, bailarinas raperas, abuelos metaleros y domadores de lagartos que se enroscan en el drapeado triste de la ropa americana. Ropa usada, casi nueva y también nueva, movida bajo cuerda con la marca invertida de Levi’s por Veli’s, o con una pequeña falla en el cachete, que delata el acceso a la vitrina famosa por el bolsillo roto de los trabajadores. Entonces, de compra y venta, el mercado popular traza su historia en la mezcla de retazos arcaicos con la producción en serie de mercancías taiwanesas, made in Japan.
Muy de mañana, los sábados y domingos, los vehículos arrastran el catre de fundo expropiado en la UP, como también el ángel coliza que perdió la patita en los tirones por arrancarlo del cementerio. Restos carcomidos de la burguesía, que los nuevos ricos se pelean por inventarse un pasado aristócrata. Fragmentos nobles que terminaron en remates, licitaciones y lágrimas regias porque el abanico de la bisabuela se lo lleva una rota para usarlo de plumero. Así como la bacinica enlozada, que resistió por años la artillería tronadora de su culo de reina, y ahora una pareja gay la usa de macetero. Entonces, un pasado de esplendor baja las escaleras con la cola entre las piernas. Decae en mudanzas al mercado persa donde las platerías y tapices comparten hoy el mismo territorio que baraja la venta del slip chino, los calcetines a tres por mil, y la muñeca plástica descuartizada por una niñez de mocos y tierrales.
Quizás estas ferias recuerden las pulgas de otros mercados famosos, pero aquí en nuestro persa no se mueven picazos ni rembarndts, más bien se coleccionan fotos y pósters para tapar las grietas de las murallas. Auí, las pulgas francesas son piojos aguardando que el gringo se descuide para afanarle la cámara Samsung, la misma que luego se vende y regresa siempre a surtir el negocio.
En este circo del mediodía se puede encontrar casi de todo: desde la camilla ginecológica que recuerda la tortura de los muslos abiertos, muchos libros de la Editorial Quitmantún deshojándose al sol, cacerolas abolladas de antes y después del golpe, boinas negras, bototos y rumbas de ropa milica (tan de moda) evaporando el camuflaje del terror. Estatuas rojas con el puño en el bolsillo, y mucho, mucho pueblo mirándose en el espejo roñoso de este milagro. Y pareciera que por un momento roflotaran los ecos de la utopía en el avalúo de sus escorias. Sólo por un momento, un instante que se esfuma en el alboroto de un lanza que raja cartera en mano perseguido por los guardias, que fofos lo pierden o lo dejan perderse en el laberinto de los puestos. En fin, la mañana se acaba, los deseos se alejan más relajados con paquete de jeans bajo el brazo. También las carpas se descuelgan y “la perla del mercader” que no se vendió regresa a su caja con unas monedas que cayeron por sorpresa. En algunas horas todo quedará desierto y las escobas municipales borrarán de vestigios las aceras. Solamente una violeta persa olvidada en el apuro agoniza en su ley de tráfico y cambalache.
Nos decían: otra vez estas viejas con su cuento de los detenidos desaparecidos, donde nos hacían esperar horas tramitando la misma respuesta, el mismo: señora, olvídese; señora abúrrase, que no hay ninguna novedad. Deben estar fuera del país, se arrancaron con otros terroristas. Pregunte en investigaciones, en los consulados, en las embajadas, porque aquí es inútil.
Y fueron tantas patadas, tanto amor descerrajado por la violencia de los allanamientos. Tantas veces nos preguntaron por ellos, una y otra vez, como si nos devolvieran la pregunta, como haciéndose los lesos, como haciendo risa, como si no supieran el sitio exacto donde los hicieron desaparecer. Donde juraron por el honor sucio de la patria que nunca revelarían el secreto. Nunca dirían en qué lugar de la pampa, en qué pliegue de la cordillera, en qué oleaje verde extraviaron sus pálidos huesos.
Por eso, a la larga, después de tanto traquetear la pena por los tribunales militares, Ministerio de Justicia, oficinas y ventanillas de juzgados, donde nos decían: otra vez estas viejas con su cuento de los detenidos desaparecidos, donde nos hacían esperar horas tramitando la misma respuesta, el mismo: señora olvídese; señora abúrrase, que no hay ninguna novedad. Deben estar fuera del país, se arrancaron con otros terroristas. Pregunte en Investigaciones, en los consulados, en las embajadas, porque aquí es inútil. Que pase el siguiente.
Por eso, para que la ola turbia de la depresión no nos hiciera desertar, tuvimos quie aprender a sobrevivir llevando la mano a nuestros Juanes, Marías, Anselmos, Cármenes, Luchos y Rosas. Tuvimos que cogerlos de sus manos crispadas y apechugar con su frágil carga, caminando al presente por el salar amargo de la búsqueda. No podemos dejarlos descalzos, con ese frío, a toda intemperie bajo la lluvia tiritando. No podíamos dejarlos solos, tan muertos en esa tierra de nadie, en ese piedral baldío, destrozados bajo la tierra de esa ninguna parte. No podíamos dejarlos detenidos. Amarrados, bajo el planchón de ese cielo metálico. En ese silencio, en esa hora, en ese minuto infinito con las balas quemando. Con sus bellas bocas abiertas en una pregunta sorda, en una pregunta clavada en el verdugo que apunta. No podíamos dejar esos ojos queridos tan huérfanos. Quizás aterrados bajo la oscuridad de la venda. Tal vez temblorosos, como niños encandilados que entran por primera vez a un cine, y en la oscuridad tropiezan, y en el minuto final buscan una mano en el vacío para sujetarse. No pudimos dejarlos allí tan muertos, tan borrados, tan quemados como una foto que se evapora al sol. Como un retrato que se hace eterno lavado por la lluvia de su despedida.
Tuvimos que rearmar noche a noche sus rostros, sus bromas, sus gestos, sus tics nerviosos, sus enojos, sus risas. Nos obligamos a soñarlos porfiadamente, a recordar una y otra vez su manera de caminar, su especial forma de golpear la puerta o de sentarse cansados cuando llegaban de la calle, el trabajo, la universidad o el liceo. Nos obligamos a soñarlos, como quien dibuja el rostro amado en el aire de un paisaje invisible. Como quien regresa a la niñez y se esfuerza por rearmar continuamente un rompecabezas, un puzle facial desbaratado en la última pieza por el golpetazo de la balacera.
Y aun así, a pesar del viento frío que entra sin permiso por la puerta de par en par abierta, nos gusta dormirnos acunados por la tibieza aterciopelada de su recuerdo. Nos gusta saber que cada noche los exhumaremos de ese pantano sin dirección, sin número, ni sur, ni nombre. No podría ser de otra manera, no podríamos vivir sin toca en cada sueño la seda escarchada de sus cejas. No podríamos nunca mirar de frente si dejamos evaporar el perfume sangrado de su aliento.
Por eso es que aprendimos a sobrevivir bailando la triste cueca de Chile con nuestros muertos. Los llevamos a todas partes como un cálido sol de sombra en el corazón. Con nosotros viven y van plateando lunares nuestras canas rebeldes. Ellos son invitados de honor en nuestra mesa. Y con nosotros ríen, y con nosotros cantan y bailan y comen y ven tele. Y también apuntan a los cómplices y culpables cuando aparecen en la pantalla hablando de amnistía y reconciliación.
Nuestros muertos están cada día más vivos, cada día más jóvenes, cada día más frescos, como si rejuvenecieran siempre en un eco subterráneo que los canta, en una canción de amor que los renace, en un temblor de abrazos y sudor de manos, donde no se seca la humedad porfiada de su recuerdo.